10 abril 2009

CAELISTI SUMUS OMNES SEMINE ORIUNDI

Cuenta Platón en el libro VII de la República el famoso mito de la Caverna según el cual, Sócrates le comentaba a Glaucón:

“Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas. Ya lo veo dijo Glaucón. Pues bien, -continúa Sócrates- mira ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados. ¡Qué extraña escena describes -dijo Glaucón- y qué extraños prisioneros! Iguales que nosotros -dijo Sócrates-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?”

Recientemente la prensa local y mundial no ha escatimado espacio ni morbo para informar, con detalles realmente repugnantes la historia del secuestro ocurrido en la ciudad austríaca de Amstetten en donde Josef Fritzl, encerró durante 24 años a su hija Elisabeth; la violó sistemáticamente y tuvo con ella siete hijos-nietos que presentan problemas de piel y ojos, después de toda una vida sin ver la luz del sol, y sin saber absolutamente nada del mundo exterior. El mundo de esos niños, no era otro que el zulo fabricado por su padre-abuelo donde vivían ¡qué ironía! gracias a los cuidados y atenciones del criminal de marras. Como aquellos otros niños del relato de la caverna, esas criaturas, sufrían las mismas limitaciones de conocimiento de la realidad mirando únicamente lo que había en el zulo. Veían “su realidad” sin saber que aquello eran como sombras de otra realidad para ellos vedada. Me da por imaginar que su madre-hermana alguna vez les habló de esa otra realidad, aquella donde se pagan impuestos y se soportan a políticos; aquella que ella vivió durante su infancia, y a lo mejor les esperanzaría diciéndoles que en algún momento ellos también vivirían y gozarían, allí afuera, esa otra realidad, mucho mejor que la actual. El padre-abuelo ¿podremos llamarle “padruelo”? el gran creador de toda aquella ignominia les protegía, les daba cariño, alimento, bienestar. Para esos niños era ni más ni menos que un dios. Un ser, como buen dios, que de pronto aparecía y desaparecía; que del más allá venia generosamente al más acá. ¿Podía haber en el mundo alguien mejor y más bueno que él para esas mentes infantiles? ¡qué difícil resultaría explicar, allí dentro del zulo, a esas criaturas que ese señor, el padruelo, su “creador”, su “dios” era un peligroso y pertinaz criminal digno de todo desprecio y castigo! Afortunadamente hoy sabemos que la justicia austríaca acertadamente ha condenado a cadena perpetua al ingeniero Fritzl.
Esta vivencia que podríamos catalogar de esquizofrénica nacida de la dualidad entre una realidad actual versus otra mucho mejor (o peor) para después de la muerte es uno de los motores vitales de millones de personas en este “valle de lágrimas” que creen, profesan y buscan consuelo, sobre todo esto último en religiones o creencias que prometen una existencia más plena, más auténtica, de felicidad eterna (o castigo) post mortem según sea el caso. ¿Y cuales son esas Religiones? Pues son fundamentalmente las monoteístas en cualquiera de sus tres principales ramas: judaísmo, islamismo y cristianismo. Las tres arrastran una herencia derivada de un personaje prácticamente inadvertido por los historiadores siendo uno de los pilares del devenir de la raza humana. Hablo de el gran patriarca, Abraham, cuya calenturienta mente teofánica logró, según se desprende de las “Sagradas Escrituras” fundar, divulgar, practicar y principalmente hacer practicar el monoteísmo vigente en nuestros días. Es cierto que también debemos hablar de otro “cofundador del monoteísmo” contemporáneo (siglo XV AC) de Abraham; ese fue el Faraón Akhenaton; creador del “atonismo”, religión hoy en día sin prosélitos. Ambos monoteísmos, el del caldeo y el del egipcio, vendían y venden a sus seguidores otra vida mejor a esta que tenemos en este zulo terráqueo. La pregunta que resulta lógica es ¿por qué ambos “monoteisteros” se empeñaron en imponer o defender la idea de la existencia de un solo Dios y que relación guarda ello con la existencia de un más allá?

El “modus operandi” es siempre el mismo: Un elegido que normalmente se auto elige, dice haber hablado con dios o con la divinidad. Ese dios o divinidad le instruye sobre lo que se debe y no se debe hacer, porque como creador o fuente de la vida tiene suficiente autoridad para decirnos qué nos conviene y qué no. A partir de allí nace una teleológica cosmovisión de nuestra existencia; es decir, nace una religión. Aquellas palabras que dios o la divinidad dijo al elegido suelen escribirse y son consideradas como “palabra de dios”; por su parte, el elegido mediante la prédica de esa “palabra divina” capta los primeros seguidores del naciente credo que a partir de ese momento veneran, leen, creen y estudian esa “mensaje divino” que en síntesis no es otra cosa que una norma de conducta según la cual, si es cumplido te salvas y logras una vida eterna pero en caso contrario te condenas. El elegido adquiere un rango jerárquico envidiable como: Patriarca, mesías, profeta, iluminado... y de entre sus primeros conversos se forma “la clase dominante” o clero, es decir, los intermediarios y jueces del cumplimiento de las normas morales “dictadas” por la divinidad y que suelen mantener entre otros privilegios el de ser los únicos autorizados a “interpretar” la palabra de dios. El más reciente caso de este tipo de escenario lo tenemos en los Mormones. Su fundador, Joseph Smith habló de la aparición “física” de Dios Padre y su hijo Jesucristo y de un ángel que le había mostrado unas planchas de oro en donde se describe la visita que hizo Jesús a los indígenas de América, de Norte América por supuesto. En 1830, Smith organizó la Iglesia de Cristo y publicó El Libro del Mormón, según él, una traducción (hecha por él, “el elegido”) del texto de las planchas de oro y como no podía ser de otra manera, Smith es considerado por sus seguidores como profeta, vidente y revelador, y lo sitúan al mismo nivel de Moisés, Isaías y otros profetas bíblicos.

Así pues, y volviendo a los fundadores del Monoteísmo, Amenhotep IV, o Amenofis IV habiendo recibido la iluminación de Dios decidió cambiar de nombre y se hizo llamar Akhenatón, es decir, “el que es grato a Atón”, constituyéndose de esta manera en profeta de unas nuevas creencias que dio en llamarse el atonismo, según las cuales la vida en nuestro mundo es un don del dios supremo, dios que se distingue esencialmente por su bondad y que el faraón lo identificaba con la Luz del Sol (el Disco Solar o Atón), en cuya energía se encuentra la clave de la vida. Esto trajo como consecuencia que el tradicional culto a Amón y a Osiris declinasen durante su reinado en Egipto. En el atonismo la muerte del faraón era un símil de la muerte de Osiris que fue asesinado por su hermano Seth; resucitado por la magia de su esposa Isis y vengado por su hijo Horus, por eso el destino en el Más Allá era inicialmente reservado únicamente a él, al faraón, como ser divino que era. Esta situación de monopolio faraónico del más allá no podía sostenerse por mucho tiempo por eso, dependiendo de la lealtad demostrada por sus allegados y servidores, ese pasaporte a la eternidad pasó a ser privilegio de otras personas, que dada su jerarquía, (funcionarios y políticos, ya me entendéis... la cosa no es nueva!) contaban con los recursos suficientes para afrontar los elevados costos no solo de construir la morada funeraria sino también el sofisticado proceso o rito de la momificación. Por su parte el pueblo llano tenia, una vez más, una suerte muy desdichada y su entrada a la inmortalidad dependía de “la benevolencia” del señor a quien servían pues con suerte podrían entrar a formar parte del “ajuar de viaje” al más allá que era colocado en el monumento funerario y que incluía, no solo una grande e importante parafernalia de cacharros de índole religiosa y utilitaria, sino ademas la necesaria y grata compañía de sus servidores, que eran sacrificados al momento de llevarse a cabo las pompas fúnebres del poderoso amo o señor. Dada estas circunstancias, mucho tenía que afanarse el pueblo llano en tener un “buen dueño” que les brindase ¡Oh gloria! la oportunidad de ser matados “in situ” y seguir ya como inmortales sirviendo a su amo en la otra vida, claro está, si el servidor era creyente del atonismo pero:

Al parecer y como era de esperarse, ni el atonismo ni la forma de ir al más allá convencía a todos. El pueblo temía el cambio de religión y en su mayoría seguía adorando a los viejos dioses y el clero de la antigua religión egipcia plagada de dioses y diosas no se resistió a perder su posición de poder e influencia que era precisamente uno de los objetivos de Akhenatón: Concentrar todo el poder en sus manos con la “ayuda divina” siendo para ello necesario eliminar el poder que ostentaba la clase sacerdotal de su tiempo. De hecho en los restos encontrados en la abandonada ciudad de Amarna, se ve con toda claridad la intención de Akhenaton de ubicarse como único pontífice entre el dios Atón y el simple adorador, prescindiendo de intermediarios, sacerdotes o clero. Por ende el refuerzo de la autoridad real, no solo en el plano espiritual sino eminentemente político es un objetivo palpable en los distintos restos encontrados en las tumbas o los altares de los templos. Parece que Akhenatón no murió de manera natural y su esposa Nefertiti desapareció también en breve tiempo. Su muerte supuso la irremediable desaparición del culto atoniano y del orden religioso-político que intentó implantar. En definitiva, ese escenario de un dios, Atón, que habla con el elegido Akhenatón y le informa lo que tiene que hacer el pueblo de creyentes y seguidores para alcanzar un confortable “más allá” tuvo un éxito efímero, esa vez, por haberse topado con la iglesia de su tiempo y la resistencia de su mismo pueblo.

En el judaísmo hubo un escenario doble, primero fue el logro de una “prometida tierra” para después dar el salto a un “prometido cielo”, o poco clara existencia post mortem. La primera palabra judía referida al más allá fue el She'ol, que en la cultura hebrea, no se refiere a una sepultura o tumba individual (Jue 16:31) (Gé 35:20) (Job 21:32) sino a una especie de morada común de todos los muertos. Posteriormente los traductores de la biblia bajo la influencia greco-romana le dieron al Sheol connotaciones de infierno siendo, diría yo, comparativamente más parecido al “purgatorio” de la teología Católica pero a diferencia de éste, allí irían a parar tanto los justos como los injustos. ¿Qué es lo que nos importa de todo esto? Pues el surgimiento de una idea (o sentimiento) de un algo más allá de la muerte. Al igual que el dios Atón habló con Akhenatón, Jehová (Dios) habló con Abraham y le dijo: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. (Génesis 12 1-3)” Y así, por mandato divino sale de Harán de Caldea hacia la tierra de los Cananeos prometiéndole esa tierra para él y sus descendientes, que serían tan numerosos "como el polvo de la tierra" (Génesis 13-16). Su esposa Sara nunca había concebido hijo, pero Abraham tuvo un hijo de Agar, que era una esclava de Sara y que se llamó Ismael. Poco después le volvió a visitar Dios en el encinar de Mamré y le prometió un hijo de su esposa Sara. Ella se rió al oírlo, puesto que tenía ya noventa años, pero aun así, Dios cumplió su promesa y Abraham fue padre de Isaac. La pobre Agar fue expulsada de la casa (y mucho me huele que Sara tuvo que ver en ello) y se marchó con su hijo Ismael al desierto, en donde se instalaron y fundaron un pueblo grande: los ismaelitas, hoy en día los musulmanes. A título de sano cotilleo bíblico diré que aparte de estos dos hijos, tuvo otros seis de ¡su concubina! Llamada Cétura que fueron: Zimrán, Yocshán, Mdan, Midyán, Yishbac y Shúaj (Génesis 25:2). ¡En definitiva Don Abraham según los cánones vigentes era un incorregible Patriarca!

De todos ellos Isaac considerado como el verdadero y único heredero (Génesis. 17: 19; 21: 10-12), fue el padre de Esaú y de Jacob (Israel) quien a su vez, tuvo doce hijos que formaron las Doce Tribus de Israel, descendiendo de una de ellas, de la de Judá, el Rey David, rama de donde proviene Jesús: Dios-Hombre para los cristianos; profeta para los musulmanes y “macarrilla” para los judíos por hacerse pasar como el mesías prometido. Toda esta breve narración explica la “intervención divina” para elegir el vientre del cual proviene el “pueblo elegido” de donde saldrá el mesías salvador. ¿Salvador de qué? Pues de este tránsito espantoso y pecador por la tierra y lograr el anhelado “cielo” y tener mucho cuidado de no quedarnos estancados en el Sheol. De hecho en el mismo credo que reza la Iglesia católica se dice “y bajó a los infiernos” es decir, al sheol, o hades (Flp 2: 10) (Hch 2: 24) (Ap 1: 18) y (Ef 4: 9) a la morada de los muertos porque los justos que allí se encontraban privados de la visión de Dios (Sal 6, 6; 88, 11-13) estaban a la espera del Redentor, que les sacaría de allí para llevarles al cielo (Sal 89: 49) (1 S 28: 19) (Ez 32: 17-32)

La actitud del judaísmo con respecto a la muerte y la inmortalidad ha cambiado considerablemente a través de los siglos. De hecho, en los tiempos bíblicos, hay poca evidencia de que existiese una preocupación por una vida después de la muerte. Como ya dijimos, se hablaba de Sheol, como de algo no definido quizás presentido y manifestación indudable del rechazo a regresar a la nada. Era pues un lugar o estado vital indeterminado hasta que hicieron su aparición en Israel los Fariseos que eran los descendientes de los judíos que regresaron del cautiverio de Babilonia, grupo del cual salieron los doctores de la ley (La Torá) y probablemente debido a la influencia griega o persa, introdujeron una creencia más concreta en “la vida en el mundo que viene”, que sería disfrutada por los justos después de la muerte, gracias a la inmortalidad del alma, o al final de los tiempos, mediante la resurrección del cuerpo. Así pues, luego, llegaría el Mesías y los cuerpos de los justos se levantarían, mientras que los perversos o injustos no participarían de esta recompensa eterna. Otras teorías incluían otro mundo venidero al cual los justos irían después de la muerte. Este mundo no estaba bien definido, pero se decía que era placentero y que en él no habría ni pobreza ni hambre. Era la respuesta a la eterna pregunta, de por qué los perversos prosperaban y los justos no. En la era rabínica, la respuesta más usada era que esta vida no es el final y que todo se resolvería en el mundo venidero, donde se haría justicia. De entre las distintas ramas actuales del Judaísmo (conservadores, jasídicos, ortodoxos, reformados, reformistas, mesiánicos y liberales) La creencia en la inmortalidad del alma, por parte de los judíos liberales varía de manera considerable, predominando aquella según la cual, el alma existe antes del nacimiento del individuo, y nunca muere. De todas maneras no hay un criterio común entre los judíos sobre el cómo y el cuando de la existencia después de la muerte, pues cada rama del judaísmo y yo diría que casi cada rabino tiene su propio criterio al respecto.

Una vez que hemos tratado el tema en el judaísmo, entremos ahora en el Islamismo. Mahoma o Muhammad, igual que sus antecesores, recibió por medio del ángel Gabriel (el mismo que anunció a la Virgen María que sería la madre de Jesús) una serie de revelaciones que son conocidas hoy en día como El Corán, o libro sagrado del islam, que para los musulmanes contiene la palabra de dios (Aláh). En ese libro, Aláh, promete a sus creyentes como recompensa futura, ultraterrena, el goce infinito en el Paraíso. "Aquellos que hagan oración, que sirvan y elogien al Señor, que le adoren, que ayunen, que ordenen la justicia, que prohíban el crimen y guarden los mandatos divinos, serán felices". (Corán 9:113) ¿En qué consistirá esta felicidad? Nos lo narra así: "Estarán en posesión del Paraíso y gozarán eternamente". (Corán 2:72), "... vivirán en los jardines donde corren los arroyos. Cuando coman las frutas que allí crecen se dirán: he aquí las frutas de que nos nutríamos en la tierra; pero de las frutas terrestres sólo tendrán la apariencia. Y encontrarán allí las mujeres purificadas, las jóvenes huríes. Y su estancia en los jardines será eterna". (Corán 2:23), "y la paz será con ellos". (Corán 10:10) La otra cara de la moneda es el infierno: "... Los que han tratado con embustes los signos del cielo y los deprecian, no entrarán en el Paraíso hasta que pase un camello por el agujero de una aguja. El infierno será su lecho, cubierto con mantas de fuego..." (Corán 7:41-42), "y nunca podrán salir de él". (Corán 4:120)

Así las cosas, esa prometida vida de ultratumba, ese cielo o infierno del cristianismo ese sheol positivo o negativo del judaísmo ese paraíso propio de Boabdil en La Alhambra del islamismo esperado por millones de monoteístas, creyentes de dictados divinos y cumplidores de normas y prácticas religiosas que más parecen esclavizar que liberar nos hace pensar que están, en cierta manera, como narraba Platón en el mito de la caverna, “atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza” es decir les impiden disentir so pena del castigo eterno... Si cumples te salvas si no cumples te condenas. Fervientes creyentes que terminan siendo unos extraños prisioneros que no han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego de la palabra de un iluminado que dice haber hablado con Dios sobre la realidad que nos espera más allá de la muerte... Y así me da por imaginarme a un perverso creador de esa caverna y sus moradores y trato de averiguar por qué ese creador en lugar de mostrarles solo “sombras de la realidad” no les benefició desde el inicio con la verdadera realidad, creándoles fuera de la caverna, reflejando sus sombras en lugar de solo ver las de otros... Igual que el monstruoso criminal Josef Fritzl, quien para sus 7 hijos-nietos fue visto como su dios de quien recibían todo; pero un dios que les había negado la verdadera vida fuera del zulo. ¿Por qué no me benefició desde siempre con esa vida fuera del zulo? ¿por qué maltrató a nuestra madre? Se preguntarán hoy esos muchachos, con verdadero odio y resentimiento hacia su dios inicial y criminal padre actual.

Y cómo queda todo cuando leemos que “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal." (Gen. 2, 7-9) ¿Por qué? me pregunto puso Dios a Adán y toda su descendencia en ese Paraíso terrenal que todos sabemos muy bien cómo es, en lugar de crearnos y ubicarnos desde un principio en el Paraíso Eterno y gozar así eternamente de su Visión Beatífica sin necesidad de sufrir las penurias de esta vida ni el proceso del envejecimiento y la muerte? Y peor aún; ¿por qué nos tendió la trampa, realmente puñetera, de un arbolito del “bien y el mal”, a guisa de cepo de cacería, con serpiente (o demonio) incluido? ¿No es eso un verdadero escándalo? ¿Acaso todo padre, normal y corriente no trata de evitarle todos los males posibles a sus hijos? ¡Lamento decirlo pero a todas luces eso resulta como mínimo una vil canallada! ¿Y dónde dejamos el envío de “su Hijo” a este mundo para que sea salvajemente crucificado para “nuestra salvación”? ¿No podía el “todopoderoso” evitarlo? Querido lector, si eso no es sadismo en su grado superior entonces ¿qué es?

Voy a concluir. No solo espero que no me lapiden por mis palabras sino que incluso agradecería me sepan perdonar todos aquellos a quienes sin proponérmelo hayan podido ofenderles, herirles o insultarles la lectura de estas letras; pero termino diciendo que estoy convencido que entre los tres: el hipotético creador de la Caverna, el monstruo de Austria y el Dios del monoteísmo, existe una terrible, ofensiva y repugnante semejanza: Ellos podían haber dado esa “existencia superior” desde un primer instante en que nos crearon, en lugar de “jugar a los dados” con nosotros. Por todo lo dicho entenderán por qué, primero anticipado por el poeta Lucrecio (99 – 55 AC) que cito en el título de esta impía carta colectiva y luego corroborado por la ciencia, me siento contento sabiendo que gracias a un proceso evolutivo en el que afortunadamente no medió acción divina alguna no soy más que una mínima cantidad de polvo estelar, que cobró un poco de conciencia, la suficiente para vivir intensamente, como quien sabe que pronto terminará todo lo que “esta” vida puede ofrecernos. No en vano, lo reitero, “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Génesis 3:19)



A saber cuando vuelvo a escribir... Agur





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TITULO: Todos somos oriundos de una semilla celeste, Luc. 2, 991